El ayuno de las Cuatro Témporas

 

En La Leyenda dorada, obra del dominico italiano Jacobus de la Vorágine († 1298), se recopilan vidas de santos y tradiciones litúrgicas que marcaron profundamente la espiritualidad medieval. Entre ellas figura la explicación del ayuno de las Cuatro Témporas, práctica instituida —según el texto— por el papa Calixto, y que se conserva hasta hoy en la Liturgia Tradicional. Estas jornadas penitenciales, distribuidas a lo largo del año conforme a las cuatro estaciones, no solo estructuran el calendario religioso, sino que ofrecen una interpretación simbólica del tiempo, del cuerpo humano y de la vida espiritual.

El texto expone ocho razones que justifican esta práctica, entrelazando elementos naturales, teológicos, médicos y morales. Conviene tener en cuenta que estas consideraciones se formulan de acuerdo con la disposición septentrional de las estaciones. No obstante, pueden aplicarse igualmente al hemisferio sur, adaptándolas según el orden propio de sus estaciones.

 

  1. Las estaciones y la lucha contra los vicios

La primera razón se apoya en el carácter propio de cada estación del año. La primavera es cálida y húmeda; el verano, cálido y seco; el otoño, seco y frío; el invierno, frío y húmedo. Cada una de estas condiciones influye, según el autor, en las inclinaciones humanas.

Por ello, se ayuna en primavera para refrenar la lujuria, estimulada por la humedad; en verano para contener la avaricia, asociada al calor; en otoño para neutralizar la sequedad de la soberbia; y en invierno para protegerse del frío espiritual, identificado con la infidelidad y la malicia. El ayuno aparece así como un remedio que armoniza el alma con el ritmo natural del mundo.

 

  1. El momento litúrgico de cada ayuno

La segunda razón considera el tiempo concreto en que se celebran las Témporas. El primer ayuno tiene lugar en la primera semana de Cuaresma, en marzo. Su finalidad es debilitar los vicios y favorecer el crecimiento de las virtudes, como si el alma germinara al igual que la naturaleza en primavera.

El segundo ocurre en la semana de Pentecostés, cuando se conmemora la venida del Espíritu Santo. Aquí el ayuno prepara el espíritu para recibir sus dones con mayor pureza.

El tercero se celebra en septiembre, antes de la fiesta de san Miguel, en plena época de cosecha. Así como los campos ofrecen frutos, el cristiano debe ofrecer buenas obras.

El cuarto se realiza en diciembre, cuando la naturaleza parece morir. La desnudez de la vegetación simboliza el desprendimiento de las vanidades mundanas y llama a la mortificación. Cada estación, por tanto, se convierte en catequesis viva.

 

  1. La tradición judía como antecedente

La tercera razón se fundamenta en la tradición judaica. Los judíos practicaban ayunos antes de la Pascua, antes de Pentecostés, antes de la fiesta de los Tabernáculos en septiembre y antes de la Dedicación en diciembre. El cristianismo adopta esta estructura, reinterpretándola a la luz de la fe en Cristo. El ayuno se presenta así como continuidad y cumplimiento de una práctica ancestral.

 

  1. El simbolismo del cuerpo y del alma

La cuarta razón parte de la antropología tradicional: el cuerpo humano está compuesto por cuatro elementos, y el alma posee tres potencias: racional, concupiscible e irascible. Por ello se ayuna tres días en cada estación. Las cuatro estaciones representan los cuatro elementos corporales, y los tres días —miércoles, viernes y sábado— simbolizan las tres facultades del alma.

Esta estructura tripartita dentro de un marco cuatripartito expresa la visión armoniosa del universo medieval: el hombre es un microcosmos que refleja el orden del cosmos.

 

  1. La teoría de los humores

La quinta razón, atribuida a Juan Damasceno, se apoya en la medicina antigua de los cuatro humores. En primavera predomina la sangre; en verano, la bilis; en otoño, la melancolía; en invierno, la flema.

Cada humor conlleva ciertos riesgos morales: la sangre favorece la concupiscencia y la alegría excesiva; la bilis inclina a la ira y a la malicia; la melancolía conduce a la tristeza y a la codicia y la flema provoca pereza y desgana.

El ayuno actúa como disciplina correctiva que modera estos excesos físicos y espirituales. De este modo, el equilibrio corporal se vincula directamente con la salud moral.

 

 

  1. La correspondencia con los elementos naturales

Otra explicación relaciona cada estación con un elemento: primavera con el aire, verano con el fuego, otoño con la tierra e invierno con el agua.

Se ayuna en primavera para contener los aires de soberbia; en verano para apagar el fuego de la ambición; en otoño para que la frialdad de la tierra no apague la fe; y en invierno para poner freno a la inconstancia simbolizada por el agua.

El universo entero aparece como un lenguaje simbólico que orienta la vida espiritual.

 

  1. Las edades de la vida

La séptima razón establece una analogía entre estaciones y etapas de la existencia:

Primavera = infancia; verano = adolescencia; otoño = madurez; invierno = vejez

El ayuno en primavera protege la inocencia; en verano fortalece contra la incontinencia; en otoño consolida la constancia y la madurez espiritual; en invierno fomenta la prudencia y ayuda a expiar los pecados del pasado.

Así, las Témporas acompañan simbólicamente todo el ciclo vital del ser humano.

 

  1. Expiación proporcional y memoria de la Pasión

La última razón, atribuida a Guillermo Altisidiorense, interpreta los ayunos como reparación de los pecados cometidos en cada estación. Se ayunan tres días para compensar los pecados de los tres meses que componen cada estación.

Los días escogidos tienen también significado histórico-salvífico:

  • Miércoles, por la traición de Judas.
  • Viernes, por la Crucifixión.
  • Sábado, por el día que Cristo permaneció en el sepulcro y la tristeza de los apóstoles.

 

Como podemos comprobar, el ayuno de las Cuatro Témporas, tal como lo presenta La Leyenda dorada, no es una simple práctica ascética: constituye una síntesis del pensamiento medieval, donde naturaleza, cuerpo, historia sagrada y moral se integran en un mismo sistema simbólico. Las estaciones del año, los humores corporales, los elementos del cosmos, las edades de la vida y los misterios de Cristo convergen para enseñar que el tiempo entero pertenece a Dios y que cada momento es ocasión de purificación y crecimiento espiritual.

En esta visión, el hombre no vive aislado del mundo natural ni del orden divino: su vida interior está en constante diálogo con el ritmo del universo y con la historia de la salvación.

 

RM

 

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